Por Jorge Núñez
Poeta y periodista. Ex Coordinador del Consejo Municipal de Cultura de Gral. Pueyrredon
El economista austriaco Joseph Schumpeter acuñó el concepto “destrucción creativa” en su libro “Capitalismo, socialismo y democracia” (1942). Describe el proceso de transformación que ocurre en el libre mercado, donde las innovaciones tecnológicas y los modelos de negocio destruyen viejas industrias y empleos para crear otros nuevos.
Lo que Schumpeter observó como fenómeno, el neoliberalismo lo convirtióen virtud. Y lo que era una descripción se volvió una prescripción. Destruir, entonces, no como consecuencia inevitable del progreso, sino como método deliberado. Como proyecto. Y eso es lo que estamos padeciendo ahora en Argentina.
El problema es que lo que se está destruyendo no son sólo industrias obsoletas ni mercados ineficientes. Lo que se derrumba en los barrios, en los pueblos y ciudades, es el tejido económico y social. Los productos locales, las instituciones municipales, las Pymes, las cooperativas... Todo eso es “lo viejo” para la lógica del capital global.
El municipalismo -la tradición política que entiende el territorio cercano como el espacio primero de la democracia real- ve cómo se vacían los locales comerciales y las fábricas, cómo las decisiones que afectan a las comunidades las toman los CEOs, o los algoritmos. La destrucción creativa no le pregunta a los vecinos. No tiene rostro. No responde ante ninguna asamblea ni parlamento.
Esta dinámica no es modernización, es regresión. Un gobierno que destruye el Estado y la industria no está creando nada, está excavando su propio vacío.
Las ruinas de las que hablamos no son metafóricas. Son los servicios públicos desmantelados en nombre de la eficiencia. Son los jóvenes que deambulan o cargan una mochila naranja en su espalda como repartidores. Son los desempleados protestando en la vereda. Son los ancianos desprotegidos. Son los vínculos rotos, la memoria dispersa, los derechos pulverizados.
Schumpeter describió un mecanismo. Nosotros estamos viviendo sus consecuencias más crueles. Y mientras el capital celebra cada nueva destrucción como una promesa de futuro, millones de personas buscan entre los escombros algo que se parezca a un hogar.
Ha llegado el momento de preguntarnos, con honestidad y urgencia, cuánto más estamos dispuestos a dejar destruir y qué alternativa política merece ser defendida con todas nuestras fuerzas.
Aclaración: La opinión vertida en este espacio no siempre coincide con el pensamiento de la Dirección General.












