Este martes, Mar del Plata dijo adiós a una de sus construcciones más emblemáticas, el Chalet Mattar, una vivienda que desde 1948 había sido parte del paisaje costero de la ciudad. La demolición, que se realizó sin mayores obstáculos, marca el fin de una época y deja en evidencia las tensiones entre la preservación del patrimonio arquitectónico y las ambiciones urbanísticas que parecen dominar la ciudad en los últimos años.
El chalet, diseñado por el reconocido arquitecto Alberto Córsico Piccolini, se erigió como un símbolo de la arquitectura residencial de mediados del siglo XX. Su construcción fue encargada por la familia Mattar, cuyos orígenes sirio-libaneses también quedaron reflejados en el inmueble. Con el paso del tiempo, este edificio, situado en la esquina de Mendoza y el Boulevard Marítimo Patricio Peralta Ramos, había logrado mantener su carácter distintivo, destacándose entre las demás viviendas costeras.
Sin embargo, el destino del Chalet Mattar fue sellado por un decreto que desactivó su protección patrimonial. En diciembre pasado, la Ordenanza N° 26.864, aprobada por la mayoría automática del Concejo Deliberante, resolvió su desafectación del Código de Preservación Patrimonial, argumentando el avanzado estado de deterioro del inmueble. Esta decisión habilitó, en la práctica, su demolición, a pesar de los esfuerzos de grupos de defensores del patrimonio que lamentaron la pérdida de un bien histórico para la ciudad.
El chalet había sido adquirido hace más de dos décadas por un empresario del sector pesquero, quien con intenciones claras de desarrollar un proyecto inmobiliario en el terreno, fue uno de los principales impulsores de la desafectación del edificio. Con la habilitación legal para destruirlo, el camino quedó libre para que en su lugar se erija una torre de departamentos, una propuesta que promete dar una “nueva cara” al área, pero a costa de borrar parte de la historia local.
La justificación de la falta de mantenimiento y el deterioro del inmueble como razón para su desafectación resulta cuestionable. El edificio había sido desatendido durante años, pero esta negligencia no puede ser vista como un argumento sólido para proceder con su demolición. De hecho, este tipo de decisiones pone en evidencia una falla en la gestión de los bienes patrimoniales, que no sólo dependen de su conservación, sino también de la voluntad política de preservarlos.
La pérdida del Chalet Mattar no es un hecho aislado; refleja un patrón creciente en Mar del Plata y en muchas otras ciudades del país, donde el avance del desarrollo inmobiliario se impone sobre la conservación de los legados arquitectónicos que cuentan la historia de sus habitantes. La pregunta que queda en el aire es si, a medida que avanzan los proyectos de modernización, la ciudad está dispuesta a perder su identidad histórica por el beneficio económico a corto plazo.
Es indiscutible que las ciudades deben evolucionar y adaptarse a las nuevas demandas, pero no a costa de borrar su pasado. Mar del Plata pierde, con la demolición del Chalet Mattar, una de sus joyas arquitectónicas más representativas de mediados del siglo XX. La ciudad, a medida que crece, debe reflexionar sobre cómo equilibrar la modernización con la conservación de su patrimonio, antes de que más piezas de su historia sean destruidas en nombre del progreso.












