Por Jorge Núñez
Poeta y periodista. Ex Coordinador del Consejo Municipal de Cultura de Gral. Pueyrredon
Federico Sturzenegger durante su discurso en Expo EFI el martes pasado anunció que la reforma a la Ley de Sociedades “permitirá la incorporación de sociedades de inteligencia artificial; empresas que no tienen humanos, sino que son programas”. El Ministro de Desregulación y Transformación del Estado de la Nación Argentina dice que “Si en 10 años el 90% del PBI mundial lo producen agentes de IA, queremos que ese régimen jurídico esté en Argentina. Podríamos tener 50 millones de habitantes y 500 millones de agentes de IA incorporados aquí”.
En medio del entusiasmo global por los avances tecnológicos, crecen también las voces críticas que advierten sobre los peligros de una expansión descontrolada de la inteligencia artificial (IA). Lejos de una mirada apocalíptica, pensadores contemporáneos señalan riesgos concretos que atraviesan lo social, lo político y lo cultural.
El historiador Yuval Noah Harari ha advertido que la IA podría consolidar nuevas formas de poder concentrado, donde el control de los datos equivalga al control de las sociedades. Según su análisis, los algoritmos no solo predicen comportamientos, sino que comienzan a moldearlos, debilitando la autonomía individual.
Desde una perspectiva filosófica, Yuk Hui cuestiona la universalidad del desarrollo tecnológico actual. Para Hui, la IA reproduce una lógica occidental que ignora otras formas de pensamiento y organización social, generando una homogeneización cultural que empobrece la diversidad del mundo.
Por su parte, Byung-Chul Han ha sido particularmente crítico del impacto de la digitalización en la vida cotidiana. En sus escritos, sostiene que la hiperconectividad y la automatización pueden conducir a una sociedad del cansancio y la autoexplotación, donde la libertad se ve sustituida por una ilusión de elección constante mediada por sistemas digitales.
En el plano económico y político, la periodista e investigadora Naomi Klein advierte sobre el uso de tecnologías emergentes en contextos de crisis. Klein señala que la IA podría ser utilizada para profundizar desigualdades, reforzar sistemas de vigilancia y consolidar lo que denomina “capitalismo del desastre”, donde las corporaciones tecnológicas amplían su influencia en momentos de vulnerabilidad social.
A estas críticas se suma el concepto de “tecno-feudalismo”, popularizado por el economista Yanis Varoufakis, quien sostiene que las grandes plataformas digitales ya no operan bajo las lógicas clásicas del capitalismo competitivo, sino como “feudos” donde un puñado de corporaciones controla infraestructuras digitales, datos y mercados. En este esquema, los usuarios no serían tanto consumidores como “siervos digitales”.
Desde otra vereda ideológica, el empresario tecnológico Peter Thiel (instalado en la Argentina)defiende modelos de concentración y monopolio como motores de innovación. Aunque no utiliza el término tecno-feudalismo, su visión de mercados dominados por pocas empresas poderosas ha sido interpretada como un anticipo de este tipo de estructuras, donde la competencia se reduce y el poder se centraliza en actores privados con enorme capacidad de influencia.
Las advertencias coinciden en un punto central: la inteligencia artificial no es neutral. Su desarrollo y aplicación responden a intereses, valores y estructuras de poder que deben ser discutidos públicamente. En ese sentido, el desafío no radica solo en regular la tecnología, sino en redefinir el tipo de sociedad que se desea construir en la era digital.
Mientras gobiernos y empresas aceleran la adopción de estas herramientas, el debate sobre sus consecuencias se vuelve cada vez más urgente. La pregunta ya no es si la IA transformará el mundo, sino en beneficio de quiénes y bajo qué condiciones lo hará.
Aclaración: La opinión vertida en este espacio no siempre coincide con el pensamiento de la Dirección General.










