Cazador de
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Martes - 19 de Febrero de 2008 10:37Por Carolina Perín*
Un paseo por La Rioja

Cuando algo te impacta, lo intentas compartir con aquellos a los que pensás que les puede importar...

“Por primera vez participé este fin de semana de “La Chaya riojana”.

Veinticinco mil personas se desplazaron hasta la capital de La Rioja para asistir a una de las mayores fiestas populares con las que cuenta nuestro país.

Podría hablar horas de la calidez del pueblo riojano y de lo buenos anfitriones que son.

Podría relatarles como padres e hijos, junto a los abuelos mancomunadamente, recrean en sus hogares, en los jardines, el recibimiento con harina y agua como símbolo de la finalización de un año, en coincidencia con el carnaval.

Pero voy a dejar la descripción de esta festividad para otro momento, para compartir desde aquí otra realidad.

Un grupo de amigos nos alojamos en una localidad en la provincia de La Rioja cuyo nombre es Sanagasta.

Hasta allí llegaron, hace cinco años, Pedro y Cristina, dos porteños de Flores. Ellos se dedicaron a recuperar una antigua hostería que estaba casi derruida y que había sido construida como tantas otras a lo largo de la precordillera durante el primer y segundo gobierno del General Perón.

El paisaje maravilloso de las montañas de diversos colores, los cardones florecidos, ese microclima soleado y los días calurosos de mañana y frescos por las noches hacen de este lugar un sitio soñado.

El mismo que eligió la familia Castro Barros o Joaquín V. González para tener su ambiente en la montaña.

Sin embargo algo ensombreció mi corazón.

Se puede obtener en este lugar uno de los mejores aceites de oliva extra virgen y pagar el litro a un precio irrisorio comparado con el de las góndolas de los supermercados.

El kilo de nueces peladas cuestan lo mismo que cien gramos en la Capital Federal.

Podría seguir con una lista interminable de productos y las diferencias de precios seguirían siendo abismales.

Las huertas que eran hasta no hace tanto el orgullo de esta zona ya no producen tomates ni choclos ni lechuga porque los que las trabajaban ya no quieren hacerlo.

Según la campana que Ud. quiera escuchar; algunos le echan la culpa a los planes Trabajar pero otros reflexionamos acerca de esto último: la diferencia entre lo que se paga y lo que se vende.

Las cerámicas que conservan la memoria de las guardas del pueblo diaguita son llevadas como souvenir en sus piezas mayores por 40 pesos o apenas 12 dólares.

¿Puede alguien tener ganas de levantarse todos los días, a veces a la noche, con frío, para no desperdiciar el agua de la acequia cuando llega, cuando sabe que su ganancia es tan exigua?

¿Sabemos el tiempo que demanda cada pieza de la memoria del pueblo diaguita en estar cocida?

Seguramente no.

Alguna vez periodistas porteños se rieron de la aspiración de exportación de aceitunas.

Me gustaría contarles que los que pudieron, compraron, a precios irrisorios, grandes extensiones de campos que hoy están dedicados a producir no sólo aceitunas sino todo tipo de frutas secas para exportación, incluido el envasamiento con las normas internacionales.

Ahora sabemos los porteños por qué cada vez que llegan las fiestas comer una nuez pelada nos va a costar más caro.

Ahora sabemos por qué era importante disuadir a aquellos que son más débiles con un tentador plan, a cambio de que no hicieran nada y que no cultivaran sus tierras.

Ahora sabemos por qué el INTA tuvo por años tan bajo presupuesto.

Ahora sabemos por qué no se incentivaban las escuelas agrarias y las facultades de agronomía.

¿Para qué hacerlo? Si los que tenían que saberlo ya lo sabían y necesitaban esas tierras.

Ahora sabemos que tal vez con un poquito más de esfuerzo a lo mejor logramos que extravíen la memoria de sus guardas diaguitas...“

* Periodista