Cazador de
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Jueves - 09 de Enero de 2014 13:45
Gracias hacen los monos

Las cosas más insólitas suceden frecuentemente cuando nadie, o pocos, lo ven. Así, en el viaje de Los Martines, la transmisión de Peñarol de Mar del Plata, hacia La Banda, Santiago del Estero, sucedió una de las anécdotas más excéntricas dentro del ambiente del básquet.

Martín Escalante lleva más de ocho años manejando por las mismas rutas argentinas. Por eso, lejos de disfrutar el trayecto, tiene la mentalidad puesta en llegar a su destino. Es el relator del Club Atlético Peñarol y, si bien a través del FM 101.9 del dial sigue junto a su equipo periodístico al “Milrayitas” juegue donde juegue forma parte de una producción independiente.

Así se explica por qué quiere llegar a las distintas ciudades donde Peñarol juega de visitante en el menor tiempo posible. Ya vio esas rutas una y mil veces. Casi siempre lo mismo. Casi nunca sucede algo extraordinario. Hasta este martes 7 de enero.

Su copiloto es Juan Martín Alliani, quien es el comentarista en la transmisión, una de las más prestigiosas de la Liga, por cierto. Muy cercano a la mentalidad de Martín, Juan también desea internamente comenzar el viaje para terminarlo lo antes posible y llegar a destino.

Sin embargo, en un paraje, en Pinto a 200 kilómetros de La Banda, Santiago del Estero, donde Peñarol jugaría al día siguiente frente a Olímpico, ocurrió lo insólito.

El vehículo se detuvo en una estación de servicio aledaña a la ruta. Los periodistas bajaron, estiraron las piernas e ingresaron al local para comprar una botella de agua. El calor era extenuante. Habían dejado el auto abierto porque todo hacía suponer que había sólo tres personas en varios kilómetros a la redonda: ellos y el vendedor.

Así que al volver se llevaron la mayor sorpresa en los más de ocho años de viajes.

Dentro del auto había un mono, macaco, que inspeccionaba minuciosamente cada recoveco en busca de algún tipo de alimento. Caminaba en los asientos de atrás, se pasaba al frente. Todo ante la incrédula mirada de los periodistas.

Una vez que, tras realizar maniobras sofisticadas de cualquier amaestrador circense de monos, pudieron sacarlo del auto, dejaron la botella con el agua, cerraron, esta vez sí, el vehículo y se dirigieron al baño.

Para su aún más grande sorpresa, dentro del lugar estaba el padre del mono, tres veces aún más grande, abriendo sus largos brazos que lo hacían lucir todavía más enorme.

Afortunadamente, el vendedor resultó ser el propietario de las “mascotas”. Así que no vaciló en quitarlos de la vista de los visitantes. Lo que pareció un sencillo juego para los animales, para Los Martines, claro está, no les hizo ninguna gracia.